martes, 22 de junio de 2010

ACERCA DEL ARTE DE LA PERFECTA EJECUCION


Luis Antonio Rateni


Ser un artista. Creo que pocas frases arrastran consigo un peso tan agobiante, un silencio reverencial como esas tres palabras. Llegar a definir a alguien como artista siempre desemboca, por añadidura, en un solemne respeto. Por el contrario, cuando alguien se arroga sobre sí el calificativo de artista, o peor aun, de Artista, cae siempre en la más bufonesca de las vanidades. Mi caso es muy particular. Aquellos pocos que me conocen en profundidad pueden dar fe de mi innata modestia; sin embargo, poseo plena conciencia de mi condición de artista, aunque no siempre haya sido así. No puedo dejar de recordar la época del arduo aprendizaje, cuando hacía mis primeras armas. Si en esos tiempos, a conciencia me hubiese llamado artista, indudablemente hubiese despertado la socarrona sonrisa que generan algunos jóvenes petulantes, que apenas enfrentados al mundo real, ya se creen especialmente escogidos por las Musas. Tal vez por un juego del destino, o simplemente por lo apocado de mi temperamento, no he tenido tiempo para esas nimiedades de falso orgullo. El reconocimiento tardó en llegar, y no surgió precisamente de mis allegados. Con paso lento pero constante, mi fama fue creciendo hasta trascender las fronteras. A decir verdad, creo que no cuadra el término fama, ya que cuando alguien consagra por completo su vida al arte, las loas sólo provienen del estrecho círculo de los entendidos y no de las masas. No obstante, esta aprobación por parte de los especialistas no melló mi habitual sencillez: sólo me proporcionó el sereno placer de ver los frutos logrados con sacrificio y esfuerzo. Los años de duro trabajo, de austera concentración, finalmente se vieron coronados por el éxito.

Posiblemente, el profano pueda ver un alarde de excentricidad en los excesivos recaudos que los artistas de mi género sabemos tomar antes de una ejecución. Estas acciones casi rituales, de solemne meticulosidad, suelen destacarse ante el lego más que la labor artística en sí misma. Aquel que no entiende de detalles puede ver la búsqueda de la perfección como rayana en la neurosis obsesiva. Sin embargo, aun el gesto más insignificante es parte de un todo: el delicado cuidado al escoger la ubicación; la obtención del silencio previo, con afán casi religioso, para alcanzar la serenidad de cuerpo y alma. Hasta la aparente frivolidad de la moda encierra un significante: suelo vestir trajes muy discretos, de sobria elegancia, pero cuyo corte me permite una total libertad de movimientos. Nada se improvisa cuando se requiere de una precisión casi matemática. La armonía física también juega un rol primordial. Debo preparar mis brazos, mis manos; lograr una respiración acompasada (pese a no ser intérprete de un instrumento de viento). El menor atisbo de tensión podría conducir al fracaso de la ejecución.

Amén de mi labor en sí, durante toda mi vida luché por desterrar el concepto del artista pobre y bohemio. Siempre me he preocupado por lograr una buena retribución. Veo en esto una cuestión ética, no sólo para conmigo, sino además por solidaridad hacia mis colegas. Parece incorporada al acervo popular la falacia que reza que “las grandes obras de arte surgen de la miseria”. Nada más alejado de la realidad. Si nos adentramos al papel que los artistas hemos jugado a lo largo de la historia, veríamos que Shakespeare escribió sus más célebres dramas bajo la protección Isabelina; Rafael pintó su Escuela de Atenas por encargo del papa Julio II; Haydn compuso la mayor parte de su obra con la serenidad económica que le otorgaba el mecenazgo del príncipe Esterhàzy, el Magnífico. Podría seguir citando ejemplos hasta el aburrimiento. Es por ello que jamás regateo mi cachet. Cuando al contratarme sugieren siquiera que mi precio es demasiado elevado, saludo con sincera cortesía y deshecho el trato. Los especialistas, que como he dicho, conocen mi calidad artística, mi responsabilidad, mi magno ejecutar, siempre acceden a pagarme el precio solicitado. Pero no es la retribución material lo que me impulsa a actuar; ella es sólo una justa consecuencia. Un artista debe luchar por su dignidad de vida pero esto no es lo más importante. No soy un mercenario. En verdad, más allá de toda retórica, debo confesar un sano ego; un orgullo íntimo, imposible de plasmar en palabras, que me embarga cuando logro una ejecución perfecta.



El jeque Ibrahim Ibn Al-Saig cayó pesadamente al salir del Parlamento, camino a la reunión cumbre. La bala de fragmentación de punta hueca penetró exactamente entre medio de sus dos cejas. El cuerpo de seguridad no atinó a moverse, ante la imposibilidad de descubrir de donde provino el disparo.

Mientras desarmaba mi fusil Mauser K 98 de limitada fabricación polaca, arma para algunos obsoleta pero en la cual hallo el encanto de las cosas artesanales, sonreí satisfecho. Me invadía la paz serena que sobreviene a toda labor bien cumplida. Nuevamente había logrado una ejecución perfecta.

Rosario, 1º de enero de 1999.

2 comentarios:

  1. Gran Persona Luis ademas de enseñarme derecho .. desde el cielo me enseñas con estos articulos en mi carrera de enjecutor de Acordeon.. Gracias Luis Querido.

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  2. Gran Persona Luis ademas de enseñarme derecho .. desde el cielo me enseñas con estos articulos en mi carrera de enjecutor de Acordeon.. Gracias Luis Querido.

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